Una teoría del desarrollo humano, por la misma naturaleza
de nuestra especie, no puede ser exclusivamente una teoría sobre la naturaleza. La plasticidad del
genoma humano es tal, que no existe una forma única en la que el ser humano se desarrolle y que
sea independiente de las oportunidades de realización proporcionadas por la cultura en la que
dicho ser humano nace y crece. Como sabemos por los trabajos realizados en perinatología y
antropóloga desde hace dos décadas, el punto crítico en la evolución del primate que produjo la
especie Homo tuvo lugar en el momento en que la cultura adquirió un papel fundamental en la
transmisión de instrucciones sobre la adaptación, en vez de estar inscritas exclusivamente en el
código genético. No quiere esto decir que el hombre no dependa de su genoma, lo cual implicaría
claramente una concepción megalomaníaca de la cultura. Más bien, lo que supone es que existe
una gran variedad de ajustes realizados gracias a la plasticidad del genoma humano, y que las
culturas prescriben/proporcionan vías de desarrollo entre estas posibilidades. El problema no es
«Naturaleza versus Cultura», sino que se trata, como Peter Medawar ha señalado en alguna
ocasión, de que cada una contribuya un cien por cien a la varianza. Decir que una teoría del
desarrollo es «independiente de la cultura» es hacer una afirmación absurda. El lenguaje mismo
con el que se hace esta afirmación muestra este ámbar cultural.

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